Saliendo de
Trujillo, llegar a Cachicadán toma un promedio de siete a ocho horas de viaje.
Hasta el poblado de Shirán, un primer tramo de la carretera está asfaltado y en
regular estado, para luego dar paso a una pista afirmada que en épocas de
lluvias se torna muy accidentada. Por este motivo el viaje es algo lento y
largo, pese a distar sólo 183 km, de la ciudad de Trujillo.
El largo
trayecto sin embargo, es compensado por un hermoso paisaje. A medida que el
camino asciende hasta llegar a algo más de
4,000 m.s.n.m ., se va pasando por pintorescos pueblitos: Samne,
Casmiche, Agallpampa, Yamobamba, y Motil, donde encontramos estampas de vida
campestre que parecen detenidas con el tiempo. Los cerros, generalmente
cubiertos de vegetación ofrecen a los ojos del viajero distintas tonalidades de
verdes y ocres, enmarcado por el azul límpido del cielo serrano.
Pero a unas
cuatro horas de camino, al llegar a Shorey, el poblado más alto, encontramos
asientos mineros donde el paisaje se vuelve totalmente distinto, seco y
desierto, la única vegetación es el ichu y se observan áreas cubiertas de
relaves de minas que semejan pequeñas lagunas. Por este motivo, el tramo
siguiente es algo tedioso, mientras se desciende hasta llegar a Santiago de
Chuco, capital de la provincia, tierra de César Vallejo. De aquí a Cachicadán
restan sólo 10 km, que se hacen en unos 40 minutos, por una senda serpenteante
que bordea los cerros nuevamente cubiertos de verdor, teniendo siempre a la
viste el pueblo, que parece suspendido en una ladera de las montañas. Nos
encontramos a una altitud de 2,800 m.
Luego de
cruzar el río San Antonio por un pequeño puente, a la vuelta de un recodo,
queda la entrada a Cachicadán , en las faldas del cerro “de la botica”, así
llamado por la variedad de sus plantas medicinales. Impresionan a primera
vista, sus casas de estilo típico serrano, con paredes encaladas y techos a
“dos aguas” de tejas rojizas. Destacan, en muchas de ellas, los balcones
serranos característicos, en colores que dan toques de verdes y azules a la
blancura de las paredes. Son casas de poca área, pero todas cuentan con un
patio y huerta en la parte posterior, donde se crían animales domésticos.
Sus calles
son estrechas en su mayor parte, aunque cuenta con dos o tres más amplias y
pavimentadas, pero todas ellas sobre un terreno desnivelado, suben y bajan
hasta llegar a la plaza de armas y suben luego a la más elevada del pueblo,
donde se encuentra el “agua caliente”, los baños termales. Cuenta con servicios
de agua, desagüe, luz eléctrica las 24 horas del día, teléfono y llegan canales
de televisión de Lima. Tienen un puesto de salud con médico permanente y varios hostales con pozas de aguas termales
para acoger a los visitantes.
El clima es
agradable de día, con un intenso sol y un calor seco muy distinto al bochornoso
calor de la costa, la temperatura oscila entre los 15°C a 22°C. Por las noches
la temperatura baja y puede ser intensa la sensación de frío en los meses de
julio y agosto sobre todo. Llueve a partir del mes de noviembre, con mayor
intensidad entre enero y marzo.
La
población total, entre urbana y rurales de 4,744 habitantes, según el último
censo realizado en 1993. Su gente es siempre muy amable, hospitalaria,
especialmente con el viajero que llega escapando de la inquietud y el bullicio
de las ciudades. Están básicamente dedicados a la agricultura, pero su
producción no es comercializada por al dificultad de transporte. Son pequeños
agricultores de cultivo de panllevar, principalmente maíz, papas, ocas. Años
atrás la zona era de mucho más movimiento comercial por la influencia de
comunidades aledañas y mucho de los cachicadanenses se dedicaban al comercio,
existiendo grandes tiendas que abastecían a muchos pueblos de las provincias.
Actualmente esta actividad ha disminuido sensiblemente, y el mayor interés de
propios y extraños lo constituyen las aguas termo-medicinales. E este el
principal atractivo turístico, que puede servir de puntual económico para el
desarrollo del pueblo.
Costumbres
y tradiciones
Fiesta
Patronal:
El pueblo
de Cachicadán, habitualmente apacible y silencioso, se torna animado y se llena
literalmente de gente en la festividad de San Martín de Porres, su Santo
Patrón, cuya fecha central es el 9 de noviembre, pero que da lugar a
celebraciones de más de una semana.
Por
tradición se nombra cada año un “mayordomo”, quien se encarga a lo largo de 12
meses de preparar la fiesta del siguiente año y conseguir la concurrencia y
colaboración de la mayor cantidad posible de personas dentro y fuera del
pueblo. Durante los tres días principales de la fiesta el Mayordomo recibe en
su casa a los pobladores y visitantes, invitando los potajes tradicionales y la infaltable chica de jora. También
preside todas las celebraciones, tanto religiosas como folklóricas, y al final
de la fiesta debe rendir cuentas a la hermandad de devotos acerca de las
actividades realizadas y los resultados económicos de las mismas.
El programa
se inicia con la Novena, que se llevan a cabo desde el 29 de octubre, y que
motivan reuniones de amigos y familiares de los devotos que las ofrecen. La
fiesta propiamente dicha comienza el día 7 de noviembre, cuando llegan las
bandas de música y los grupos de danzantes, las tradicionales “mojigangas”.
Cada una con multicolores trajes y diversos ritmos y estilos, los loritos y
negritos quillallas, indios, diablos, etc., todos danzan en homenaje al santo
moreno.
El día 9
luego de la misa de fiesta, sale en procesión la imagen de San Martín en
hombros de sus mayordomos, devotos del pueblo y visitantes para recorrer las
calles. El recogimiento entonces es impresionante; aunque habitualmente llueve
y el camino es por trechos pedregoso y enfangado, algunos devotos acompañan la
procesión descalzos, en cumplimiento de alguna promesa.
Durante los
días 7,8 y 9, se llevan a cabo competencias deportivas, peleas de gallos,
desfiles de bandas y otras actividades en el municipio, pues la fiesta patronal
coincide con el aniversario de a creación política del distrito. Por las noches
el pueblo se vuelca a la plaza de armas a celebrar con retreta y quema de
castillos y fuego artificiales. No faltan los bailes sociales y el baile
popular en las calles con las bandas y los “chirocos”, conjunto de músicos que
emplean instrumentos nativos.
Aunque el
devenir de los tiempos y los cambios sufridos por los pueblos del interior del
país han mermado tal vez el derroche de gasto por la abundancia de antes, no
así ha disminuido la fe, la devoción y el entusiasmo del pueblo que año tras
año sale de su letargo sale para celebrar la fiesta patronal.
Este año la
Mayordomía está intentando rescatar los valores culturales, folklóricos en
incluso religiosos que poco a poco se han ido perdiendo. Se realizará la
corrida de toros, que hace muchos años no se lleva a cabo, la “carrera de
cintas”, competencias culturales a nivel de colegios e institutos y un concurso
de platos típicos para que las señoras demuestren sus habilidades culinarias.
Es de
esperar que esta tendencia a revivir las fiestas de antaño continúe en los años
siguientes para que se conviertan en atractivo turístico y convocatoria a la
participación de los pueblos vecinos de la región y aún de ciudades más
alejadas.
Gastronomía
La cocina
peruana es muy rica y variada. La región andina nos ofrece productos, platos y
sabores completamente distintos de los de la costa.
En
Cachicandán, estos productos, papas, maíz, ocas y las carnes que se emplean,
tienen la particularidad de ser preparados aún de manera tradicional en fogones
de leña o carbón y en hornos de barro con que cuentan todas las casas. También
es importante en la preparación el batán para moler los condimentos naturales y
el ají.
El pan de
Cachicadán inclusive es conocido en Trujillo y Lima por su especial sabor y
consistencia y la variedad que se ofrece. Las expertas “amasadoras” labran sólo
con sus manos el pan de yema, las semitas de harina integral, el pan de
manteca, los bizcochos y las crujientes rosquillas. También se preparan en el
horno los dulces típicos: alfajores rellenos con manjar o dulce de chancaca,
vasitas o pastelitos de maíz, empanaditas y otras exquisiteces.
La comida
típica se basa en carne de carnero, también llamado “huacho”, gallina y cerdo.
Con las primeras se preparan los caldos, especiales para combatir el frío de
las mañanas, pues es costumbre tomarlos en el desayuno. Con la carne de cerdo
se preparan los sabrosos chicharrones que se sirven con mote, o pasa por un
proceso de salado y secado para hacer el delicioso jamón serrano, que no tiene
nada que envidiar al jamón español y otros importados.
Mención aparte
merece el cuy, que se sirve frito o guisado, acompañado de ajiaco de papas y
mote de trigo, graneado de arroz. No olvidamos las sopas, hechas a base de
harinas de cereales y perfumadas con hierbas de la zona.
Y para
“asentar” estos manjares la bebidas tradicional es la chicha de jora, un
preparado a base de maíz y chancaca que se pone a fermentar un mínimo de una
semana para que alcance su punto ni muy suave ni muy fuerte. Para las noches
frías, y en especial durante la fiesta patronal, es recomendable el
“calientito” o grog. Una combinación de aguardiente con agua, jugo de limón y
azúcar, que como su nombre lo indica, se sirve caliente.
Podríamos
seguir describiendo texturas y sabores de comidas y bebidas, pero degustarlos
es mejor, una experiencia inigualable.
Artesanía
Si hay un
arte que se pueda considerar profundamente arraigado en el mundo andino es el
textil. Han transcurrido más de 400 años que los españoles conquistaron estas
tierras, en donde nos dejaron nueva lengua, religión y costumbres. Pero no
pudieron borrar la herencia que nos legaron los incas.
Así
encontramos en Cachicadán hiladoras y tejedoras que van transmitiendo su arte
de generación en generación: La señora Carmen Ravelo Villanueva nos cuenta que
nació tejedora y a pesar de sus 80 años de existencia sigue tejiendo,
especialmente los tradicionales ponchos para hombres y pañolones para mujeres,
vestimenta típica de estas tierras. Alvaro Rodríguez Aranda de 58 años de edad,
nos cuenta que teje desde los 10 años en
su telar de madera, donde trabaja con pies y manos. Es especialista en ponchos,
casimires y sobrecamas. Con este mismo estilo trabaja el tejedor Francisco
Reyna Ulloa en su telar de palo.
Las
hermanas Adelaida y Elena Villanueva Vásquez desde niñas se entretienen hilando
para frazadas, ponchos y cortes para “llorimpa” y pantalones.
Desde la
obtención de la lana, el hilado y el teñido hasta el tejido en rústicos
telares, todo se realiza con herramientas tradicionales y sencillas. El hilado
se lleva a cabo con una rueca donde amarran en la punta un copo de lana
escarmenada, un huso de madera que se llama chique y un piruro. Con estos
simples instrumentos producen hilos finísimos o gruesos según las necesidades
del tejido.
Los telares
cuentan con implementos de madera o palo, entre dos arrolladores, uno de tejido
y otro de hilo, un bastidor y una lanzadera de madera que se manejan con los
pies para ayudar a hacer labores y dibujos en las telas.
Otros
trabajos artesanales en Cachicadán son el tejido de canastas en el caserío de Algallama
y la confección de sillas con asientos de paja en el anexo de Chacomas. En
estas zonas periféricas del pueblo encontramos también los antiguos molinos de
piedra que algunos pobladores siguen usando pues refieren que la harina molida
en ellos dura más que la que se muele en los molinos modernos que tienen
motores de petróleo o electricidad. Los molinos ancestrales utilizan la fuerza
hidráulica de las aguas del río; constan de una tolva de madera, palancas que
regulan la harina si se quiere fina o áspera y unas paletas en la parte
inferior que mueven la piedra que muele el grano. La harina cae en una mesa
tipo batea, de donde se recoge con una paleta. Estos antiguos artefactos han
casi desaparecido, quedando uno en Villa Cruz de Algallama propiedad del señor
Modesto Sanchéz.

