lunes, 19 de noviembre de 2012

Información básica sobre Cachicadán

¿Cómo llegar?

Saliendo de Trujillo, llegar a Cachicadán toma un promedio de siete a ocho horas de viaje. Hasta el poblado de Shirán, un primer tramo de la carretera está asfaltado y en regular estado, para luego dar paso a una pista afirmada que en épocas de lluvias se torna muy accidentada. Por este motivo el viaje es algo lento y largo, pese a distar sólo 183 km, de la ciudad de Trujillo.

El largo trayecto sin embargo, es compensado por un hermoso paisaje. A medida que el camino asciende hasta llegar a algo más de  4,000 m.s.n.m ., se va pasando por pintorescos pueblitos: Samne, Casmiche, Agallpampa, Yamobamba, y Motil, donde encontramos estampas de vida campestre que parecen detenidas con el tiempo. Los cerros, generalmente cubiertos de vegetación ofrecen a los ojos del viajero distintas tonalidades de verdes y ocres, enmarcado por el azul límpido del cielo serrano.


Pero a unas cuatro horas de camino, al llegar a Shorey, el poblado más alto, encontramos asientos mineros donde el paisaje se vuelve totalmente distinto, seco y desierto, la única vegetación es el ichu y se observan áreas cubiertas de relaves de minas que semejan pequeñas lagunas. Por este motivo, el tramo siguiente es algo tedioso, mientras se desciende hasta llegar a Santiago de Chuco, capital de la provincia, tierra de César Vallejo. De aquí a Cachicadán restan sólo 10 km, que se hacen en unos 40 minutos, por una senda serpenteante que bordea los cerros nuevamente cubiertos de verdor, teniendo siempre a la viste el pueblo, que parece suspendido en una ladera de las montañas. Nos encontramos a una altitud de 2,800 m.
Luego de cruzar el río San Antonio por un pequeño puente, a la vuelta de un recodo, queda la entrada a Cachicadán , en las faldas del cerro “de la botica”, así llamado por la variedad de sus plantas medicinales. Impresionan a primera vista, sus casas de estilo típico serrano, con paredes encaladas y techos a “dos aguas” de tejas rojizas. Destacan, en muchas de ellas, los balcones serranos característicos, en colores que dan toques de verdes y azules a la blancura de las paredes. Son casas de poca área, pero todas cuentan con un patio y huerta en la parte posterior, donde se crían animales domésticos.

Sus calles son estrechas en su mayor parte, aunque cuenta con dos o tres más amplias y pavimentadas, pero todas ellas sobre un terreno desnivelado, suben y bajan hasta llegar a la plaza de armas y suben luego a la más elevada del pueblo, donde se encuentra el “agua caliente”, los baños termales. Cuenta con servicios de agua, desagüe, luz eléctrica las 24 horas del día, teléfono y llegan canales de televisión de Lima. Tienen un puesto de salud con médico permanente  y varios hostales con pozas de aguas termales para acoger a los visitantes.

El clima es agradable de día, con un intenso sol y un calor seco muy distinto al bochornoso calor de la costa, la temperatura oscila entre los 15°C a 22°C. Por las noches la temperatura baja y puede ser intensa la sensación de frío en los meses de julio y agosto sobre todo. Llueve a partir del mes de noviembre, con mayor intensidad entre enero y marzo.

La población total, entre urbana y rurales de 4,744 habitantes, según el último censo realizado en 1993. Su gente es siempre muy amable, hospitalaria, especialmente con el viajero que llega escapando de la inquietud y el bullicio de las ciudades. Están básicamente dedicados a la agricultura, pero su producción no es comercializada por al dificultad de transporte. Son pequeños agricultores de cultivo de panllevar, principalmente maíz, papas, ocas. Años atrás la zona era de mucho más movimiento comercial por la influencia de comunidades aledañas y mucho de los cachicadanenses se dedicaban al comercio, existiendo grandes tiendas que abastecían a muchos pueblos de las provincias. Actualmente esta actividad ha disminuido sensiblemente, y el mayor interés de propios y extraños lo constituyen las aguas termo-medicinales. E este el principal atractivo turístico, que puede servir de puntual económico para el desarrollo del pueblo.

Costumbres y tradiciones

Fiesta Patronal:

El pueblo de Cachicadán, habitualmente apacible y silencioso, se torna animado y se llena literalmente de gente en la festividad de San Martín de Porres, su Santo Patrón, cuya fecha central es el 9 de noviembre, pero que da lugar a celebraciones de más de una semana.

Por tradición se nombra cada año un “mayordomo”, quien se encarga a lo largo de 12 meses de preparar la fiesta del siguiente año y conseguir la concurrencia y colaboración de la mayor cantidad posible de personas dentro y fuera del pueblo. Durante los tres días principales de la fiesta el Mayordomo recibe en su casa a los pobladores y visitantes, invitando los potajes tradicionales  y la infaltable chica de jora. También preside todas las celebraciones, tanto religiosas como folklóricas, y al final de la fiesta debe rendir cuentas a la hermandad de devotos acerca de las actividades realizadas y los resultados económicos de las mismas.

El programa se inicia con la Novena, que se llevan a cabo desde el 29 de octubre, y que motivan reuniones de amigos y familiares de los devotos que las ofrecen. La fiesta propiamente dicha comienza el día 7 de noviembre, cuando llegan las bandas de música y los grupos de danzantes, las tradicionales “mojigangas”. Cada una con multicolores trajes y diversos ritmos y estilos, los loritos y negritos quillallas, indios, diablos, etc., todos danzan en homenaje al santo moreno.

El día 9 luego de la misa de fiesta, sale en procesión la imagen de San Martín en hombros de sus mayordomos, devotos del pueblo y visitantes para recorrer las calles. El recogimiento entonces es impresionante; aunque habitualmente llueve y el camino es por trechos pedregoso y enfangado, algunos devotos acompañan la procesión descalzos, en cumplimiento de alguna promesa.
Durante los días 7,8 y 9, se llevan a cabo competencias deportivas, peleas de gallos, desfiles de bandas y otras actividades en el municipio, pues la fiesta patronal coincide con el aniversario de a creación política del distrito. Por las noches el pueblo se vuelca a la plaza de armas a celebrar con retreta y quema de castillos y fuego artificiales. No faltan los bailes sociales y el baile popular en las calles con las bandas y los “chirocos”, conjunto de músicos que emplean instrumentos nativos.

Aunque el devenir de los tiempos y los cambios sufridos por los pueblos del interior del país han mermado tal vez el derroche de gasto por la abundancia de antes, no así ha disminuido la fe, la devoción y el entusiasmo del pueblo que año tras año sale de su letargo sale para celebrar la fiesta patronal.
Este año la Mayordomía está intentando rescatar los valores culturales, folklóricos en incluso religiosos que poco a poco se han ido perdiendo. Se realizará la corrida de toros, que hace muchos años no se lleva a cabo, la “carrera de cintas”, competencias culturales a nivel de colegios e institutos y un concurso de platos típicos para que las señoras demuestren sus habilidades culinarias.
Es de esperar que esta tendencia a revivir las fiestas de antaño continúe en los años siguientes para que se conviertan en atractivo turístico y convocatoria a la participación de los pueblos vecinos de la región y aún de ciudades más alejadas.

Gastronomía

La cocina peruana es muy rica y variada. La región andina nos ofrece productos, platos y sabores completamente distintos de los de la costa.
En Cachicandán, estos productos, papas, maíz, ocas y las carnes que se emplean, tienen la particularidad de ser preparados aún de manera tradicional en fogones de leña o carbón y en hornos de barro con que cuentan todas las casas. También es importante en la preparación el batán para moler los condimentos naturales y el ají.

El pan de Cachicadán inclusive es conocido en Trujillo y Lima por su especial sabor y consistencia y la variedad que se ofrece. Las expertas “amasadoras” labran sólo con sus manos el pan de yema, las semitas de harina integral, el pan de manteca, los bizcochos y las crujientes rosquillas. También se preparan en el horno los dulces típicos: alfajores rellenos con manjar o dulce de chancaca, vasitas o pastelitos de maíz, empanaditas y otras exquisiteces.

La comida típica se basa en carne de carnero, también llamado “huacho”, gallina y cerdo. Con las primeras se preparan los caldos, especiales para combatir el frío de las mañanas, pues es costumbre tomarlos en el desayuno. Con la carne de cerdo se preparan los sabrosos chicharrones que se sirven con mote, o pasa por un proceso de salado y secado para hacer el delicioso jamón serrano, que no tiene nada que envidiar al jamón español y otros importados.
Mención aparte merece el cuy, que se sirve frito o guisado, acompañado de ajiaco de papas y mote de trigo, graneado de arroz. No olvidamos las sopas, hechas a base de harinas de cereales y perfumadas con hierbas de la zona.

Y para “asentar” estos manjares la bebidas tradicional es la chicha de jora, un preparado a base de maíz y chancaca que se pone a fermentar un mínimo de una semana para que alcance su punto ni muy suave ni muy fuerte. Para las noches frías, y en especial durante la fiesta patronal, es recomendable el “calientito” o grog. Una combinación de aguardiente con agua, jugo de limón y azúcar, que como su nombre lo indica, se sirve caliente.

Podríamos seguir describiendo texturas y sabores de comidas y bebidas, pero degustarlos es mejor, una experiencia inigualable.

Artesanía

Si hay un arte que se pueda considerar profundamente arraigado en el mundo andino es el textil. Han transcurrido más de 400 años que los españoles conquistaron estas tierras, en donde nos dejaron nueva lengua, religión y costumbres. Pero no pudieron borrar la herencia que nos legaron los incas.
Así encontramos en Cachicadán hiladoras y tejedoras que van transmitiendo su arte de generación en generación: La señora Carmen Ravelo Villanueva nos cuenta que nació tejedora y a pesar de sus 80 años de existencia sigue tejiendo, especialmente los tradicionales ponchos para hombres y pañolones para mujeres, vestimenta típica de estas tierras. Alvaro Rodríguez Aranda de 58 años de edad, nos cuenta que teje  desde los 10 años en su telar de madera, donde trabaja con pies y manos. Es especialista en ponchos, casimires y sobrecamas. Con este mismo estilo trabaja el tejedor Francisco Reyna Ulloa en su telar de palo.
Las hermanas Adelaida y Elena Villanueva Vásquez desde niñas se entretienen hilando para frazadas, ponchos y cortes para “llorimpa” y pantalones.

Desde la obtención de la lana, el hilado y el teñido hasta el tejido en rústicos telares, todo se realiza con herramientas tradicionales y sencillas. El hilado se lleva a cabo con una rueca donde amarran en la punta un copo de lana escarmenada, un huso de madera que se llama chique y un piruro. Con estos simples instrumentos producen hilos finísimos o gruesos según las necesidades del tejido.
Los telares cuentan con implementos de madera o palo, entre dos arrolladores, uno de tejido y otro de hilo, un bastidor y una lanzadera de madera que se manejan con los pies para ayudar a hacer labores y dibujos en las telas.


Otros trabajos artesanales en Cachicadán son el tejido de canastas en el caserío de Algallama y la confección de sillas con asientos de paja en el anexo de Chacomas. En estas zonas periféricas del pueblo encontramos también los antiguos molinos de piedra que algunos pobladores siguen usando pues refieren que la harina molida en ellos dura más que la que se muele en los molinos modernos que tienen motores de petróleo o electricidad. Los molinos ancestrales utilizan la fuerza hidráulica de las aguas del río; constan de una tolva de madera, palancas que regulan la harina si se quiere fina o áspera y unas paletas en la parte inferior que mueven la piedra que muele el grano. La harina cae en una mesa tipo batea, de donde se recoge con una paleta. Estos antiguos artefactos han casi desaparecido, quedando uno en Villa Cruz de Algallama propiedad del señor Modesto Sanchéz.